#Sociedad
09/06/2019

La decisión

Nuestro columnista, el psicólogo y escritor Gustavo Marín, nos deja una interesante reflexión para arrancar este domingo.

La decisión

Lic. en Psicología. Docente universitario. Autor del libro: "Camino hacia el Sí Mismo". Conferencista. Ex-psicólogo del Hospital Francisco López Lima. Formado en Gestalt, Cognitiva y Transpersonal.

Lic. en Psicología. Docente universitario. Autor del libro: "Camino hacia el Sí Mismo". Conferencista. ... (+ Info)

A

quién votar. Qué carrera elegir. Busco otro trabajo, reviso mí vocación. Me junto, me caso. Me separo. Tengo un hijo, aborto. Me mudo. Cambio de estilo de vida, de alimentación, dejo de fumar, comienzo actividad física, pienso las cosas desde otra perspectiva.

Perdono, me perdono, dejo de sentir culpa.

Definitivamente necesitamos tomar decisiones que nos saquen de lo conocido para avanzar y vivir plenamente.

Uno de los grandes obstáculos para tomar decisiones es nuestra afición al control, a la seguridad, a la estabilidad, a la comodidad. Queremos tener la certeza si la decisión a tomar es la correcta, si no nos vamos a equivocar, si no nos vamos a arrepentir después, que nadie se enoje con nosotros, esperamos el momento oportuno.

Todas cosas imposibles, la vida es impredecible. No podemos ver, que todo es una decisión, ya que no tomar una decisión, posponerla es paradójicamente una decisión sin hacernos cargo.

Dice el saber popular “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, lo cual nos ancla, nos inmoviliza, no permite que probemos nuestras fuerzas, que posibilitemos una nueva realidad. Por ello, la frase más que “saber popular”, es un “condicionamiento popular, disfrazado de saber”. 

Así es como elegimos sufrir antes que actuar (jugarnos), evitamos el peligro y el riesgo de lo que imaginamos un mal mayor, y vivimos llenos de males menores que nos amargan la vida cómodamente.

Si me preguntan cómo tomar una decisión, tengo que ser sincero y responder: no lo sé.

Como terapeuta me ha sucedido que he trabajado muchos meses con algunas personas, acompañándolas para que tomen una decisión que dicen que quieren tomar y, aun así, no lo hacen, aunque eso signifique un grave perjuicio para ellas.

Y en otros casos, apenas tienen claridad de lo que quieren, toman una decisión, con una mínima participación de mí parte, y quedo sorprendido. Pareciera que, de última, tomar o no una decisión, es una decisión personal.

Una vez atendí un paciente con intento de suicidio que permitió ser ayudado. Trabajé en conjunto con un psiquiatra y con su familia, realizando una internación domiciliaria.

Luego de unos meses el paciente supero su impulsividad y su depresión, y me dijo: “Gustavo, yo agradezco todo lo que vos y los demás hicieron por mí, fue una gran ayuda, pero en realidad yo no me suicide porque no quise, porque igual lo pudiera haber hecho”.

Claramente los profesionales, los familiares, podemos acompañar el proceso de crisis de otras personas, eso es bueno, pero no somos omnipotentes, las personas siempre deciden qué camino tomar.

A veces esperamos que algo suceda en nuestra vida, o esperamos la decisión de alguien, una pareja, un jefe, un gobernante, un padre, para luego empezar vivir, para estar mejor, y quizás no vemos que la vida es ahora, que de nada vale esperar, que todo está sucediendo en este mismo instante, que si me duele la cabeza en este momento, eso también es vida y tiene su intensidad, su sentido y su valor.

Todo el tiempo tengo la oportunidad de vivir lo que me está pasando, esa es una decisión, en vez de quejarme o evitarlo, y esperar y esperar y esperar…

La meditación que para mí no es otra cosa que sentarse en silencio, y no hacer nada, me ha permitido descubrir que muchas veces estoy esperando una vida mejor, que algo pase.

Al cabo de un tiempo de estar sentado meditando, me doy cuenta que no pasa nada, que ni la paz ni la relajación vienen y que me cuesta estar inmóvil, me pongo inquieto, y me vienen montones de pensamientos que no sé qué hacer con ellos.

La meditación me desespera, pero  soy consciente que no es la meditación, soy yo el que está (y estaba) desesperado, y la meditación lo saca a la luz, para ver si quiero dejar de evitarme y mirarme con sinceridad. 

Y si acepto la situación, surge algo nuevo, dejar de esperar que algo suceda, tolerar la incertidumbre de la vida, y mantenerme abierto, sin dejarme arrastrar por la esperanza y el miedo; y caminar, avanzar. Es curioso que culturalmente tengamos una visión positiva de la esperanza, cuando muchos sabios nos han alertado que esto no es conveniente.

La budista Pema Chödrön nos dice: “Si no renunciamos a la esperanza –de que hay otro lugar mejor en el que estar, de que tenemos que ser otra persona mejor- nunca nos relajaremos en el dónde estamos y en quiénes somos. Todos somos adictos a la esperanza, la esperanza que la duda y el misterio desaparecerán. Para los que buscan a lo que aferrarse, la vida es todavía más incómoda.”

También hay decisiones impulsivas, decisiones basadas en ideas románticas, o mágicas (que el otro cambie, las cosas se resuelvan), decisiones pospuestas esperando a que deje de tener miedo o estar totalmente seguro, o que decida el otro por mí. Es claro que a veces requiero información, tiempo, conversar con alguien ante una decisión, un proceso, para que sea algo definitivo y consciente. ¿Estoy siendo realista, o me estoy boicoteando, manipulando? Solo siendo sincero puedo saberlo.

Decidir implica renunciar a algo, decidir es más que querer algo, es accionar, hacerlo. Decidir es participar de la vida, asumiendo los riesgos, siendo responsable de mí mismo.

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